"En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios,
sino en que Él nos amó y nos envió a Su Hijo como propiciación por nuestros pecados" (1 Jn 4,10)
Imitación de la muerte de Cristo
En verdad, es importante aprender a vivir bien; pero es igualmente importante aprender a morir bien. San Pablo testimonia: «pues para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia» (Flp 1,21). De hecho, Jesús une de manera inseparable ambos aspectos, pues para vivir como Él vivió, debemos tomar diariamente la cruz sobre nosotros y negarnos a nosotros mismos (Lc 9,23-24). Quien pretenda ganar su vida, la perderá, y quien la pierda, ganará la vida eterna (Jn 12,25).
Cristo nos habría podido redimir con una sola de Sus acciones durante Su vida terrena, pues cada una de ellas poseía un mérito perfecto e infinito. Sin embargo, Él prefirió redimirnos mediante Su muerte en la Cruz, pues con ella quería superar la muerte del hombre y podía manifestar la plenitud de Su amor. Conmovido por esto Pablo expresó: «Porque el amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto murieron. Y murió por todos, para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por ellos» (1 Co 5, 1-15).
Nuestra participación en la muerte y resurrección de Cristo, es decir, de Su gracia, nos es comunicada mediante el bautismo: «¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con Él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva» (Rom 6,3-4; CIC 1227).
El bautismo es la fuente de gracias de la que brota toda la vida en Cristo (Ef 5,21; 1 Cor 16,15ss). Es el sacramento de la fe, en cuya luz reconocemos a Cristo (Mc 16,16). En la carta a los Hebreos se le denomina incluso «iluminación» (Hb 10,32; CIC 1216). Con todo, constituye apenas el comienzo del conocimiento de Cristo por la fe, por eso «en todos los bautizados, niños o adultos, la fe debe crecer después del bautismo» (CIC 1254).
El Espíritu Santo, con sus siete dones, es quien nos asiste en el anhelo por profundizar en el conocimiento de Cristo, a fin de que Cristo more en nuestros corazones por la fe y podamos ser capaces, mediante el amor, de alcanzar el conocimiento pleno de Cristo y ser colmados con la plenitud de Dios (Ef 3,16-20).