El autor de estas líneas se apresura a decir que en esta síntesis no todo posee igual valor ni se impone con la misma autoridad.. Afirma que, fuera de las verdades de fe y de las conclusiones teológicas comunmente recibidas, que representan aquello que hay de más cierto en la ciencia teológica, lo que decimos apoyándonos en la autoridad de Santo Tomás y de sus más calificados comentaristas no se impone a nuestra adhesión, ni convence, en la medida de los principios que le sirven de fundamento. Es difícil sin embargo separar de esta síntesis un solo elemento de alguna importancia, sin poner en peligro su solidez y armonía.
Por supuesto que se ha dado un gran paso para llegar a un acuerdo, por el hecho de que críticos de los más autorizados hayan reconocido en esta doctrina "notable armazón arquitectónica y magnífico desarrollo".
El Congreso carmelitano de Madrid, en el año 1923, cuyas conclusiones fueron publicadas en la revista "El Monte Carmelo", de Burgos, en mayo del mismo año, reconocía la verdad de estas dos importantes conclusiones acerca de la contemplación infusa (Tema V): "El estado de contemplación se caracteriza por el dominio progresivo de los dones del Espíritu Santo y por el modo sobrehumano como se practican todas las buenas acciones. Como las virtudes encuentran su última perfección en los dones, y éstas hallan su perfecta actualización en la contemplación, resulta que ésta es el camino ordinario de la santidad y de las virtudes habitualmente heroicas."
En su Compendio de teología ascética y mística, 1928, M. Tanquerey, sulpiciano, se adhiere a esta doctrina cuando escribe (no. 1564): "La contemplación infusa, considerada independientemente de los fenómenos místicos extraordinarios que a veces la acompañan, nada tiene de milagroso ni anormal, mas proviene de dos causas: del desarrollo o formación de nuestro organismo sobrenatural, especialmente de los dones del Espíritu Santo, y de una gracia operante que en sí nada tiene de milagrosa... Esta doctrina es seguramente la doctrina tradicional tal como se la encuentra en los autores místicos, desde Clemente de Alejandría hasta San Francisco de Sales". "Casi todos estos autores consideran la contemplación como el normal coronamiento de la vida cristiana (Ibid., no. 1566).
En ese mismo sentido se puede citar lo que dice San Ignacio de Loyola en una carta, que todos conocen, escrita a San Francisco de Borja (Roma, 1548): "Sin estos dones (impresiones e iluminaciones divinas), todos nuestros pensamientos, palabras y obras son imperfectos, fríos y turbios; habemos pues de tener gran deseo de estos dones para que aquéllos sean justos, fervorosos y trasparentes, para mayor servicio de Dios". En 1924, el P. Luis Peeters, S. J., en un interesante estudio: Hacia la divina unión, por los ejercicios de San Ignacio, c. VIII (Musaeum Lessianum, Brujas), escribía: "¿Qué piensa el autor de los ejercicios acerca de la vocación universal al estado místico? Imposible admitir que la considere como una excepción casi anormal... Conocida es su optimista confianza en la divina liberalidad: «Son pocos los que sospechan qué cosas no obraría Dios en ellos, si no le opusieran obstáculo». Y es cierto; es tan grande la humana debilidad, que sólo unos pocos escogidos, singularmente generosos, aceptanlas temibles exigencias de la gracia. El heroísmo nunca fue, ni lo será, cosa común; y la santidad no se concibe sin heroísmo...
"A lo largo de todo el libro de los Ejercicios, con insistencia que revela profundo convencimiento, brinda a sus generosos discípulos esperanzas ilimitadas de las divinas comunicaciones, la posibilidad de llegar a Dios, de gustar la suavidad de la divinidad, de entrar en inmediata comunicación con el Señor. «Cuanto el alma, dice, se junta más a Dios y es generosa con él, más apta se hace para recibir en abundancia las gracias y los dones espirituales»... "Y aun hay más. Las gracias de oración no sólo le parece que se han de desear, sino que las juzga hipotéticamente necesarias para llegar a eminente santidad, sobre todo en los hombres apostólicos"2. No es posible decirlo con más claridad.
Y esto es lo que hemos pretendido demostrar en la presente obra. La unanimidad es mayor cada día acerca de estas fundamentales cuestiones, y con frecuencia es más real de lo que parece. Los unos, teólogos de profesión, como nosotros, consideran la vida de la gracia, germen de la gloria, en sí misma, para poder señalar cuál debe ser el pleno desarrollo normal de las virtudes infusas y de los dones, la disposición próxima para recibir inmediatamente la visión beatífica, sin pasar por el purgatorio, es decir en un alma totalmente purificada, que ha sabido sacar provecho de las pruebas de la vida, y a la que nada queda por expiar después de la muerte. Síguese de ahí que, en principio, de derecho, la contemplación infusa está dentro del camino normal de la santidad, aunque se den excepciones que nacen sea del temperamento individual, o bien de ocupaciones absorbentes, de un ambiente poco favorable, etc.3 Otros autores, fijándose principalmente en los hechos, o en las almas individuales que viven la vida de la gracia, concluyen que hay almas de vida interior, verdaderamente gener sas, que nunca llegan a esas alturas, que, no obstante, son el pleno desarrollo normal de la gracia habitual, de las virtudes infusas y de los dones. Ahora bien, la teología espiritual debe, como cualquiera otra ciencia, considerar la vida interior en sí misma, y no en tal o cual alma individual, en tales o cuales circunstancias, desfavorables muchas veces. Del hecho de que haya robles mal formados, no se sigue que el roble no sea un árbol robusto y de bellas líneas. La teología espiritual, aun dándose cuenta de las excepciones que pueden explicarse por tal o cual circunstancia, debe buscar sobre todo de fijar las leyes superiores que rigen el normal y total desarrollo de la vida de la gracia considerada en sí misma, y señalar cuáles son las disposiciones próximas para que un alma totalmente purificada goce o reciba inmediatamente la visión beatífica.
Siendo el purgatorio un castigo, supone una falta que hubiéramos podido evitar, o al menos expiar, antes de la muerte, aceptando con resignación los sufrimientos de la vida presente. La cuestión de que aquí se trata es señalar cuál es la vía normal de la santidad, o de una perfección tal que nos permita entrar al cielo inmediatamente después de la muerte. Desde este punto de vista, hemos de considerar la vida de la gracia en cuanto es germen de la vida eterna, y así, la idea precisa de vida eterna, término de nuestra carrera, es la que nos ha de iluminar en esta cuestión. Un movimiento no se especifica por su punto de partida, ni por los obstáculos que le salen al paso, sino por el fin al cual se dirige. Del mismo modo la vida de la gracia se precisa y define por la vida eterna de la que es germen y principio, de ahí que haya que concluir que la disposición próxima y perfecta para entrar en inmediata posesión de la visión beatífica, se encuentra dentro del camino normal de la santidad.
En las páginas siguientes insistimos mucho más en los principios generalmente recibidos en teología, demostrando su valor en sí mismos y en sus consecuencias, que sobre la multitud de opiniones expuestas por autores, muchas veces de inferior categoría, acerca de tal o cual punto particular. No faltan obras recientes, indicadas en otro lugar, que mencionan al detalle tales opiniones; nosotros nos hemos propuesto otra cosa, y ésta es la razón de no citar apenas sino a los autores más conspicuos. El acudir constantemente a lo que constituye los fundamentos de su doctrina, creemos que es sin duda lo más importante y necesario para la formación del espíritu, que interesamos que la erudición. Nunca lo secundario ha de hacer olvidar lo principal, por eso la complejidad de ciertas cuestiones no nos debe hacer perder de vista los grandes principios directivos que iluminan todas las cuestiones de espiritualidad. Es sobre todo necesario no contentarse con citar estos principios como si se tratase de lugares comunes, sino examinarlos a fondo y volver a menudo sobre ellos para comprenderlos más perfectamente.
Sin duda que uno se expone así a repetirse a veces, mas aquellos que, por encima de las opiniones pasajeras que han podido estar en boga durante algunos años, van en busca de la verdadera ciencia teológica, saben que ésta es eminentemente una sabiduría; que se preocupa no tanto de deducir conclusiones que tengan aires de novedad, sino más bien de que esas relaciones formen perfecta trabazón con idénticos principios superiores, como las aristas con el vértice de 1,2 pirámide. En tal caso, el recordar, a propósito de una y otra cuestión, el principio fundamental de la síntesis total, no es tanto una repetición, como una manera de acercarse a la contemplación circular; la czíal, dice Santo Tomás (II, II, q. 180, a. 6), retorna constantemente a la misma Verdad eminente, para mejor captar sus detalles y consecuencias, y, como el vuelo del ave, describe nmcbas veces el mismo círculo alrededor del mismo lugar. Este centro, igual que el vértice de la pirámide, es, a su manera, símbolo del único instante de la inmoble eternidad que coincide con todos los sucesivos instantes del tiempo que pasa y se desliza. Si se tiene esto en cuenta, fácilmente se nos perdonará el que tengamos que volver repetidas veces sobre los mismos temas o leitmotivs que crean el encanto, la unidad y la grandeza de la teología espiritual.
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2 El P. Peeters repite los mismos conceptos en la segunda edición de su obra, 1931, pp. 216-221.
3 Esta distinción explica, según nuestra manera de ver, ciertas aparentes contradicciones de Santa Teresa, que ella misma ha hecho resaltar diciendo que no son reales. En muchas ocasiones habla del llamamiento general de las almas interiores a las aguas vivas de la oración, y en otros textos habla de casos particulares. Y así dice en el Camino de perfección, c. XX: "Parece que me contradigo en este capítulo pasado de lo que había dicho, porque cuando consolaba a las que no llegaban aquí, dije que tenía el Señor diferentes caminos por donde iban a él, así como había muchas moradas. Así lo torno a decir ahora..." Y mantiene el principio del llamamiento general, que explica de nuevo diciendo: "Porque, como entendió su Majestad nuestra flaqueza, proveyó como quien es. Mas no dijo: por este camino vengan unos, y por este otros; antes fue tan grande su misericordia, que a nadie quitó procurase venir a esta fuente de vida a beber... A buen seguro que no lo quita a nadie antes públicamente nos llama a voces (Jesús puesto de pie en el templo dijo en voz alta: Si alguien tuviere sed, venga a mí y beba, Ioan, VII, 37). Así que, hermanas, no hayáis miedo ni muráis de sed en este camino... Y pues esto es así, tomad mi consejo y no es quedéis en el camino, sino pelead como fuertes hasta morir en la demanda, pues no estáis aquí a otra cosa sino a pelear". Las restricciones puestas por Santa Teresa no conciernen al llamamiento general y remoto, sino al particular y próximo, como lo hemos explicado en Perfection chrétiene et contemplation t. II, pp. 459-462, 463 y ss.
