Mostrando postagens com marcador Tanquerey. Mostrar todas as postagens
Mostrando postagens com marcador Tanquerey. Mostrar todas as postagens

Compêndio de Teologia Ascética e Mística

Agora você pode ter o Compêndio de Teologia Ascética e Mística, A. Tanquerey! O caráter sistemático, a profundidade de conceitos, o enraizamento nos mestres da espiritualidade cristã e as bases escriturísticas e teológicas sólidas fazem desta obra um clássico imprescindível.

Você pode baixar o livro numa versão em Português AQUI, ou em Espanhol podendo copiar o texto como esta abaixo, a qual igualmente pode ser baixada AQUI.

LOS ORÍGENES DE LA VIDA SOBRENATURAL

LOS ORÍGENES DE LA VIDA SOBRENATURAL

   51. El fin de este capítulo es darnos a conocer lo que hay de gratuito y excelente en la vida sobrenatural, así como las excelsas dotes y las flaquezas del hombre a quien se ha hecho partícipe de dicha vida. Para mejor entenderlo, consideramos:

                I.             Qué cosa sea la vida natural del hombre;
                II.            Su elevación al estado sobrenatural;
                III.          Su caída,
                IV.          Su restauración por el Divino Redentor.

ART. I. DE LA VIDA NATURAL DEL HOMBRE

   52. Toca aquí decir del hombre tal como hubiera existido en el estado de pura naturaleza, tal como nos le pintan los filósofos. Porque la vida sobrenatural se asienta sobre nuestra vida natural y al perfeccionarla la conserva, importa mucho recordar brevemente cuanto acerca de ella nos enseña la recta razón.

   1º Es el hombre un compuesto misterioso de cuerpo y de alma, de materia y de espíritu que en él se juntan íntimamente para formar una sola naturaleza y una sola persona. Es, pues, por así decirlo, el punto de unión, el lazo que junta los espíritus y los cuerpos, un compendio de las maravillas de la creación, un mundo pequeño, resumen de todos los mundos, una manifestación de la sabiduría divina que supo juntar en uno dos seres de suyo tan separados.

   53. Es un mundo lleno de vida: según el dicho de S. Gregorio Magno, distínguense tres vidas, la vegetativa, la animal y la intelectual: «Homo habet vivere cum plantis, sentire cum animantibus, inteligere cum angelis»[1]. Como la planta, el hombre se nutre, crece y se reproduce; como el animal, conoce los objetos sensibles, dirígese a ellos por el apetito sensitivo, con sus emociones y pasiones, y muévese con movimiento espontáneo; como el ángel, pero en grado inferior y de diferente manera, conoce intelectualmente el ser suprasensible, lo verdadero, y su voluntad se dirige libremente hacia el bien racional.

   54.  2º Estas tres vidas no están sobrepuestas, sino que se compenetran, se coordinan y subordinan para concurrir a un mismo fin, que es la perfección de todo el ser. Es ley racional y biológica a la vez que, en todo ser compuesto, no puede conservarse la vida ni desarrollarse sin la condición de coordinar y, por ende, de subordinar sus diversos elementos al elemento principal, de hacerlos siervos para servirse de ellos. En el hombre, por lo tanto, las facultades inferiores, vegetativas y sensitivas, deberán estar sometidas a la razón y a la voluntad. Absoluta es esta condición: a compás de su falta, debilitase la vida o desaparece; cuando cesa en realidad la subordinación, comienza la disociación de los elementos, o sea el desmoronamiento del sistema, y, por último, la muerte[2].

   55.  3º Es, pues, la vida una lucha: porque nuestras facultades inferiores se inclinan con fuerza hacia el placer, mientras que las superiores tienden hacia el bien honesto. Mas entre estos dos suele haber conflicto: lo que nos agrada, lo que es, o nos parece ser útil para nosotros, no es siempre bueno moralmente; será menester que la razón, para imponer el orden, reprima las tendencias contrarias y las venza: ésta es la lucha del espíritu contra la carne, de la voluntad contra la pasión. Muy dura es esta lucha: así como en la primavera sube con fuerza la savia por los árboles, también en la parte sensitiva de nuestra alma levántanse impulsos violentos hacia el placer sensible.

   56. Mas no son de suyo irresistibles; la voluntad, ayudada por el entendimiento, ejerce sobre estos movimientos pasionales un cuádruple poder: 1) poder de previsión, que consiste en prever y prevenir, por medio de una sabia y constante vigilancia, muchas de las imaginaciones, impresiones y movimientos peligrosos; 2) poder de inhibición y de moderación, por el que tenemos a raya o, cuando menos, moderamos los movimientos violentos que se alzan dentro de nuestra alma; así yo puedo impedir que mis ojos se fijen en un objeto peligroso, que mi imaginación guarde representaciones malsanas; si surgiere en mí un movimiento de ira, puédole moderar; 3) poder de estimular, que excita o intensifica, por medio de la voluntad, movimientos pasionales; 4) poder de dirección, por el que dirigimos esos movimientos hacia el bien, y, por ende, los apartamos del mal.

   57.  Además de estas luchas intestinas, puede haber otras entre el alma y su Criador. Cierto que por la recta razón conocemos ser obligación nuestra estar sometidos en todo a la voluntad del que es nuestro soberano Dueño. Pero esta obediencia nos cuesta mucho; hay en nosotros una sed ardiente de independencia y autonomía que nos inclina a emanciparnos de la divina autoridad; es la soberbia, a la que no podemos vencer sino por la humilde confesión de nuestra indignidad e impotencia, reconociendo los derechos imprescriptibles del Criador sobre su criatura.

   Así, pues, en el estado mismo de la naturaleza pura, siempre hubiéramos tenido que pelear contra la triple concupiscencia.

   58. 4º Cuando el hombre, en vez de dejarse llevar de sus malas inclinaciones, hace lo que debe; puede con justicia esperar una recompensa: será ésta para su alma inmortal un conocimiento más amplio y profundo de la verdad y de Dios, pero siempre en conformidad con su naturaleza, esto es, analítico o discursivo, y un amor más puro y duradero. Si, por el contrario, quebranta la ley en materia grave, y no se arrepiente antes de morir, pierde el fin suyo y merece un castigo, que será la privación de Dios, junta con tormentos proporcionados a la gravedad de sus culpas.

   Tal hubiera sido la suerte del hombre en el estado que se llama de naturaleza pura, en el que, por lo demás, jamás se hubo; por haber sido elevado el hombre al estado sobrenatural, ya en el momento mismo de su creación, como dice Santo Tomás, ya inmediatamente después, como dice S. Buenaventura.

   No se contentó Dios, en su infinita bondad, con otorgar al hombre los dones naturales, sino que quiso además elevarle a un estado superior, confiriéndole dones preternaturales y sobrenaturales.

ART. II. DE LA ELEVACIÓN DEL HOMBRE AL ESTADO SOBRENATURAL [3]

I. Noción de lo sobrenatural

   59.  Recordemos brevemente que en teología se distinguen dos clases de sobrenatural absoluto: sobrenatural absoluto por esencia, quoad substantiam, y sobrenatural absoluto en cuanto al modo, quoad modum.

   1º Lo sobrenatural por esencia es un don divino otorgado a la criatura inteligente, y que está por encima de toda la naturaleza, en cuanto que ésta no puede producirlo, ni aun pedirlo, exigirlo ni merecerlo; está, pues, no solamente por encima de toda su potencia activa, sino también de todos sus derechos y exigencias. Es algo finito, por ser un don otorgado a una criatura; pero juntamente es algo divino, porque sólo lo divino puede estar por encima de las exigencias de toda criatura. Es algo divino, mas comunicado, participado por la criatura, y así huimos de caer en el panteísmo. Realmente no hay sino dos formas de sobrenatural por esencia: la Encarnación y la gracia santificante.

   A) En el primer caso, únese Dios a la humanidad en la persona del Verbo, de manera que la naturaleza humana de Jesús tiene por sujeto personal la segunda persona de la Santísima Trinidad, sin padecer alteración alguna en cuanto naturaleza humana; así, pues, Jesús que es hombre por su naturaleza humana, es verdaderamente Dios por su personalidad. Es ésta una unión sustancial, que no confunde dos naturalezas en una sola, sino que las une, conservándolas en su integridad, en una sola persona, que es la del Verbo; es, pues, una unión personal o hipostática. Es el grado más elevado de sobrenatural quoad substantiam.

   B) La gracia santificante es un grado menor de ese mismo sobrenatural. Con ella realmente el hombre conserva su propia personalidad, pero modificada a lo divino, aunque accidentalmente, en su naturaleza y potencia activa; no será Dios, mas es deiforme, o sea, semejante a Dios, divinae consors naturae, capaz de esperar la posesión de Dios directamente por medio de la visión beatifica, cuando la gracia se transforme en gloria, y de verle cara a cara, como se ve a sí mismo: privilegio que a todas luces está por encima de las exigencias de las criaturas más perfectas, puesto que nos hace partícipes de la vida intelectual de Dios, de su misma naturaleza.

   60.  2º Lo sobrenatural absoluto en cuanto al modo es en sí algo que de suyo no está por encima de la potencia activa ni de la exigencia de todas las criaturas, sino solamente de alguna naturaleza particular. Tal es la ciencia infusa, que supera la potencia activa del hombre, mas no la del ángel.

   Comunicó Dios al hombre estas dos clases de sobrenatural: pues otorgó a nuestros primeros padres el don de integridad (sobrenatural quoad modum) que, completando la naturaleza de ellos, la disponía para recibir la gracia, y juntamente la gracia misma, don sobrenatural quoad substantiam el conjunto de estos dos dones es lo que se llama justicia original.

II. Dones preternaturales conferidos a Adán

   61.  El don de integridad perfecciona la naturaleza del hombre sin elevarla hasta el orden divino; es ciertamente un don gratuito, preternatural, que supera las exigencias y las fuerzas de aquella; pero que aún no es lo sobrenatural por esencia. Encierra en sí tres sublimes privilegios, que, sin mudar en el fondo la naturaleza humana, le dan una perfección a la cual no tenía derecho alguno, y que son: la ciencia infusa, el dominio de las pasiones, o sea, estar libre de la concupiscencia, y la inmortalidad del cuerpo.

   62.  A) La ciencia infusa. No tenemos nosotros derecho a ella por nuestra naturaleza, porque es propia de los ángeles; la ciencia no podemos conseguirla sino progresiva y difícilmente, según las leyes psicológicas. Mas, para que el hombre pudiera fácilmente cumplir su oficio de cabeza y educador del género humano, concedió Dios gratuitamente el conocimiento infuso de cuantas verdades le convenía saber, y cierta facilidad para adquirir la ciencia experimental: acercábase así a los ángeles.

   63.  B) El dominio de las pasiones, o el estar libre de la tiránica concupiscencia que hace tan difícil el ejercicio de la virtud. Ya dijimos que, por la constitución misma del hombre, hay en éste una terrible lucha entre el deseo sincero del bien y el apetito desordenado de los placeres y de los bienes sensibles, y, además, una fuerte inclinación a la soberbia: esto es lo que llamamos la triple concupiscencia. Para remediar esta imperfección natural, otorgó Dios a nuestros primeros padres cierto dominio de las pasiones, por el que, sin llegar a ser impecables, tenían cierta facilidad en practicar la virtud. No había en Adán la tiranía despótica de la concupiscencia que inclina violentamente al mal, sino sólo cierta tendencia al placer subordinado a la razón. Porque estaba su voluntad sujeta a Dios, sujetas estaban sus facultades inferiores a la razón, y el cuerpo al alma: esto era el orden, la rectitud perfecta.

   64.  C) La inmortalidad corporal. Por su naturaleza está el hombre sujeto a la enfermedad y a la muerte; mas, por una providencia especial, fue preservado de esta doble flaqueza, para que pudiera el alma dedicarse con mayor libertad al cumplimiento de sus deberes más excelsos.

   Todos estos privilegios tenían por fin preparar al hombre para recibir un don mucho más precioso, entera y absolutamente sobrenatural, la gracia santificante, y para hacer buen uso de ella.

III. Los privilegios sobrenaturales

   65.  A) Por su naturaleza es el hombre siervo de Dios, cosa y propiedad suya. Por una insigne bondad, que nunca podremos agradecer harto, quiso Dios darle entrada en su familia, adoptarle por su hijo, hacerle su presunto heredero guardándole un puesto en su reino; y, para que esta adopción no fuera una simple formalidad, le comunicó una participación de vida divina, una cualidad criada, es cierto, pero real, por la que podía disfrutar en la tierra de las lumbres de la fe, muy superiores a las de la razón, y poseer a Dios en el cielo por la visión beatífica y un amor proporcionado a la claridad de esta visión.

   66.  B) A esta gracia habitual, que perfeccionaba y divinizaba, pudiéramos decir, la sustancia misma del alma, juntábanse virtudes infusas y dones del Espíritu Santo, que divinizaban las facultades de ella, y una gracia actual que ponía en movimiento todo el organismo este sobrenatural, para que pudiera hacer obras sobrenaturales, deiformes y meritorias de vida eterna.

   Esta gracia es sustancialmente la misma que se nos da en la justificación, y por esto no decimos de ella ahora por menudo, sino que diremos más adelante cuando hablemos del hombre regenerado.

   Todos estos privilegios, menos la ciencia infusa, fueron dados a Adán, no como un bien personal, sino como un patrimonio de familia que había de pasar a toda su descendencia, si él se mantuviera fiel a Dios.

ART. III. LA CAÍDA Y EL CASTIGO [4]

I. La caída

   67.  Aun dotado de todos estos privilegios seguía el hombre siendo libre, y fue sometido a una prueba para que, con la ayuda de la gracia, pudiera merecer el cielo. Consistía esta prueba en el cumplimiento de las leyes divinas, y, en particular, de un precepto positivo sobreañadido a la ley natural, y que expresa el Génesis bajo la forma de la prohibición de comer del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal. Cuenta la Escritura cómo el demonio, tomando la forma de la serpiente, se llegó a tentar a nuestros primeros padres, moviendo en su ánimo dudas acerca de la legitimidad de tal prohibición. Intentó persuadirles de que, lejos de morir, si comieran del fruto aquel, serían como dioses, sabiendo por sí mismos el bien y el mal, sin necesidad de acudir para ello a la ley divina: «eritis sicut dii, scientes bonum et malum» [5]. Tentación de soberbia era ésta y de rebelión contra Dios. Rindióse a ella el hombre, y cometió formalmente un acto de desobediencia, como advierte S. Pablo6], pero inspirado por la soberbia, y seguido muy pronto de otros pecados. Era una falta grave, porque era un no querer someterse a la autoridad divina, una especie de negación de su dominio supremo y de su sabiduría infinita, que dispuso el mandamiento aquel como medio de probar la fidelidad del primer hombre; pecado tanto más grave cuanto que nuestros primeros padres sabían la infinita liberalidad de Dios para con ellos, los derechos imprescriptibles de su Hacedor, la gravedad del precepto manifestada por la gravedad de la sanción con que se amenazaba, y que, no obrando con ímpetu en ellos las pasiones, tenían tiempo para considerar las consecuencias irreparables de su acto.

   68.  Preguntáronse algunos cómo pudieron pecar, si estaban libres de las concupiscencia. Para entender cómo pudo ser esto, es menester recordar que ninguna criatura libre es impecable; puede realmente apartar su consideración del bien verdadero y ponerla en el bien aparente, abrazarse con este último y preferirle a aquél; y esta preferencia es precisamente lo que constituye el pecado. Como advierte Santo Tomás, sólo es impecable aquel cuya voluntad es una misma cosa con la ley moral, lo cual es exclusivo privilegio de Dios.

II. El castigo

   69.  No tardó en venir el castigo, en la persona de nuestros primeros padres y en su descendencia.

   A) El castigo personal de nuestros primeros padres se halla descrito en el Génesis; pero aun en él mismo se echa de ver la bondad de Dios: pudo aplicarles inmediatamente la pena de muerte, mas no lo hizo por misericordia. Contentóse con privarles de los privilegios especiales que les había otorgado, esto es, del don de integridad y de la gracia habitual: conservaron, pues, su naturaleza con los dones naturales; cierto que su voluntad quedó debilitada en comparación a como se había con el don de integridad; mas no ha podido probarse que sea más débil que lo hubiera sido en el estado de naturaleza pura; con todo, sigue siendo libre y puede escoger entre el bien y el mal. Quiso aún Dios dejarles la fe y la esperanza, e hizo brillar al mismo tiempo ante sus desmayados ojos la espera de un libertador, que había de salir de su descendencia, vencer al demonio y reparar al hombre caído. También con su gracia actual movió los corazones de ellos a la penitencia y vino tiempo en que les perdonó el pecado.

   70.  B) Mas ¿qué habría de ser del género humano que naciera de la unión de ellos? Habría de nacer privado de la justicia original, o sea, de la gracia santificante y del don de integridad. Estos dones puramente gratuitos, que eran como el patrimonio familiar, no habían de pasar a la posteridad de Adán, sino sólo en el caso de que hubiera permanecido fiel a Dios; no habiéndose cumplido la condición ésta, nace el hombre privado de la justicia original. Cuando Adán hizo penitencia y recobró la gracia, recobróla como persona privada y para su cuenta particular, no podía, pues, transmitirla a su descendencia. Guardado estaba para el Mesías, para el nuevo Adán, que habría de ser ya para siempre cabeza del género humano, el expiar nuestros pecados e instituir el sacramento de la regeneración para comunicar a cada uno de los bautizados la gracia perdida por Adán.

   71.  Los hijos, pues, de Adán nacen privados de la justicia original, o sea, de la gracia santificante y del don de integridad. La privación de esta gracia constituye lo que se llama el pecado original; pecado en sentido lato, que no supone acto alguno culpable por nuestra parte, sino un estado de degradación, y, atendiendo al fin sobrenatural al cual seguimos destinados, una privación, la falta de una cualidad esencial que deberíamos poseer, y, por consiguiente, una mancha, una suciedad moral, que nos excluye del reino de los cielos.

   72.  Y porque también perdimos el don de integridad, revuélvese vigorosa dentro de nosotros la concupiscencia, y, si no resistimos esforzadamente a ella, nos arrastra al pecado actual. Nos hallamos, pues, en comparación con el estado primitivo, mermados y heridos, sujetos al error, inclinados al mal, débiles para resistir a las tentaciones. La experiencia demuestra no ser igual la concupiscencia en todos los hombres: no todos, en verdad, tienen el mismo temperamento y carácter, ni, por lo tanto, las pasiones igualmente hirvientes; roto, pues, el freno de la justicia original, que las domeñaba, recobraron las pasiones su libertad, y serán más violentas en unos, y en otros más templadas; tal es la explicación que de ello da Santo Tomás [7].

   73.  ¿Habremos de ir más allá, y admitir, con la escuela agustiniana, una cierta merma y disminución de nuestras facultades y energías naturales? No es menester y no puede probarse.

   ¿Será preciso admitir, con algunos tomistas, una merma o disminución extrínseca de nuestras energías, en el sentido de que tenemos mayor número de dificultades que vencer, en especial la tiranía que el demonio ejerce sobre los que venció, y la carencia de ciertos auxilios naturales que nos hubiera otorgado Dios en el estado de naturaleza pura? Posible es y muy probable; mas también se ha de decir que el aumento ese de dificultades, se halla abundantemente compensado con las gracias que Dios Nuestro Señor nos concede, en virtud de los méritos de su Hijo, con la tutela de los ángeles buenos y especialmente la de nuestros ángeles de la guarda.

   74.  Conclusión. Sobre la caída original puede decirse en suma que el hombre perdió el justo equilibrio que Dios le había concedido de sus facultades y potencias, y que, en comparación con el estado primitivo, es un herido y un desequilibrado, cual nos lo muestra el estado actual de nuestras facultades.

   A) Échase de ver esto primeramente en nuestras facultades sensitivas. a) Los sentidos externos: los ojos se nos van tras de lo llamativo y curioso; los oídos están siempre prestos a escuchar novedades; el tacto busca las sensaciones agradables, sin cuidarse para nada de las leyes de la moral. b) Lo mismo ha de decirse de nuestros sentidos internos: tráenos la imaginación mil representaciones más o menos sensuales; corren con ardor y aún con violencia hacia el bien sensible nuestras pasiones, sin atender al aspecto moral del mismo, y procuran arrastrar a la voluntad a que consienta. Cierto que todas estas inclinaciones no son de suyo irresistibles; porque las facultades, de donde proceden, siguen, en cierto modo, sometidas al imperio de la voluntad; mas, ¡cuánta fuerza y estrategia son necesarias para sujetar a todas esas gentes rebeldes!

   75.  B) También las facultades intelectuales, que constituyen el hombre propiamente dicho, el entendimiento y la voluntad, fueron dañadas por el pecado original. a) Cierto que nuestro entendimiento siguió siendo capaz de conocer la verdad, y de adquirir, aun sin la ayuda de la revelación, a costa de paciente trabajo muchas de las verdades fundamentales del orden natural. Mas, ¡cuán flacamente se ha con respecto a la verdad! 1) En vez de correr de suyo hacia Dios y las cosas divinas, en vez de alzarse del conocimiento de las criaturas a conocer al Criador, como hubiera hecho en su primer estado, tiende a abismarse en el estudio de las cosas criadas sin remontarse a la causa de ellas, a poner toda su atención en lo que sacia su apetito desordenado de saber, y a no cuidar de lo que toca a su fin propio; los cuidados temporales le estorban muy a menudo para pensar en la eternidad. 2) Y ¡cuán propenso es al error! Los mil prejuicios que nos atraen, las pasiones que conmueven nuestra alma y la ciegan para que no vea la verdad, hartas veces nos hacen caer en el error, y precisamente en las cuestiones más importantes de las que depende toda nuestra vida moral. b) La misma voluntad nuestra, en vez de someterse a la de Dios, tiene sus pujos de independencia; cuéstale mucho obedecer a Dios, y, aún más, a los representantes de Dios. Y, cuando ha de vencer los obstáculos que se oponen al ejercicio del bien, ¡cuán floja y cuán inconstante se muestra! ¿Cuántas veces no se deja arrastrar por el sentimiento y por las pasiones? Con vivos colores describe S. Pablo tan triste flaqueza: «Por cuanto no hago el bien que quiero; antes bien, hago el mal que no quiero... De aquí es que me complazco en la Ley de Dios según el hombre interior, mas echo de ver otra ley en mis miembros, la cual resiste a la ley de mi espíritu, y me sojuzga a la ley del pecado, que está en los miembros de mi cuerpo. ¡Oh, qué hombre tan infeliz soy yo! ¿Quién me libertará de este cuerpo de muerte? La gracia de Dios por Jesucristo Señor nuestro» [8]. El remedio, pues, de tan desdichado estado, es, según el testimonio del Apóstol, la gracia de la Redención, de la que vamos ahora a decir.

ART. IV. LA REDENCIÓN Y SUS EFECTOS [9]

   76.  Obra maravillosa es la Redención, la obra maestra de Dios, que rehace al hombre desfigurado por el pecado, y le pone en estado en cierta manera más excelente que aquel del que cayó, ya que la Iglesia no tiene reparo, en su liturgia, en bendecir la culpa que tuvo tan alto Redentor como el Hombre-Dios: «O felix culpa quae talem ac tantum meruit habere Redemptorem!»

I. Su naturaleza

   77.  Dios, que desde la eternidad previó la caída del hombre, también desde la eternidad preparó un Redentor de los hombres en la persona de su Hijo; el cual se hizo hombre para ser cabeza de la humanidad y así poder pagar enteramente por nuestro pecado, y volvernos con la gracia el derecho que perdimos al cielo. Supo sacar bien del mal y juntar la justicia con la misericordia.

   No estaba obligado a ejercer su derecho estricto de justicia; bien pudo haber perdonado al hombre, contentándose con la reparación imperfecta que éste hubiera podido ofrecerle. Mas juzgó ser más digno de su gloria, y provechoso para el hombre, poner a éste en estado en que pudiera reparar completamente su culpa.

   78.  A) Exigía la perfecta justicia una reparación adecuada, igual a la ofensa, y prestada por un representante legítimo de la humanidad. Así lo llevó Dios enteramente al cabo por medio de la Encarnación y la Redención.

   a) Hizo Dios que encarnara su Hijo, y constituyóle, por ende, jefe de la humanidad, cabeza de un cuerpo místico del cual todos nosotros somos miembros; tiene, pues, el Hijo el poder de hacer sus obras en nombre de los miembros suyos y de reparar las culpas de éstos.

   b) Tal reparación, no solamente es iguala la ofensa, sino que la supera con mucho; tiene realmente un valor moral in finito; porque, midiéndose el valor moral de una acción por la dignidad de la persona, tienen valor infinito todas las obras del Hombre-Dios. Una sola de sus obras hubiera bastado para reparar adecuadamente todos los pecados de los hombres. Mas ha hecho Jesús obras sin cuento reparadoras, inspiradas por el purísimo amor suyo, y las ha acabado con la más sublime y heroica, con el sacrificio entero de sí mismo en su dolorísima Pasión y en la cima del Calvario; ha satisfecho, pues, abundante y sobreabundantemente: «Ubi abundavit delictum, superabundavit gratia» [10].

   c) Esta reparación es del mismo género que la culpa: pecó Adán por desobediencia y soberbia; paga Jesús con humilde obediencia, inspirada por el amor, hasta la muerte y muerte de cruz «factus obediens usque ad mortem, mortem autem crucis» [11]. Y así como en la caída intervino una mujer, que arrastró a Adán a la culpa; también en la Redención interviene una mujer, con su poder de intercesión y con sus méritos [12] María, la Virgen inmaculada, Madre del Salvador, con el que coopera, aunque secundariamente, a la obra reparadora.

   Así quedó enteramente satisfecha la justicia, pero aún más la bondad y misericordia.
   79.  B) A la misericordia infinita de Dios y al excesivo amor que nos tiene atribuye la Sagrada Escritura la Redención: «Dios, escribe S. Pablo, que es rico en misericordia, movido del excesivo amor con que nos amó... nos dio vida juntamente en Cristo; Deus qui dives est in misericordia, propter nimiam caritatem qua dilexit nos..., convivificavit nos in Christo» [13].

   Las tres divinas personas concurren a la obra de la Redención y cada una de ellas con un amor que parece llegar hasta el exceso.

   a) El Padre no tiene sino un solo Hijo, igual a sí mismo, al que como a sí mismo ama, y del que es infinitamente amado; y a este Hijo único nos le da y le sacrifica por nosotros, para devolvernos la vida que perdimos por el pecado: «Sic Deus dilexit mundum ut Filium suum unigenitum daret, ut omnis qui credit in eum non pereat, sed habeat vitam aeternam» [14]. ¿Pudo haberse más generosamente con nosotros y darnos más que su propio Hijo? ¿Y no nos dio todas las cosas con Él? : «Qui etiam proprio Filio non pepercit, sed pro nobis tradidit illum, quomodo non etiam cum illo omnia nobis donavit?» [15].

   80.  b) Acepta el Hijo gozosa y generosamente la obra que se le confía; ofrécese a su Padre, desde el primer momento de la Encarnación, como víctima que reemplace todos los sacrificios de la antigua Ley, y su vida entera no será sino un continuo sacrificio, rematado por el supremo del Calvario, sacrificio inspirado por el amor que nos tiene: «(Christus) dilexit nos et tradidit semetipsum pro nobis oblationem et hostiam Deo [16] ; Cristo nos amó, y se ofreció a sí mismo a Dios en oblación y hostia de olor suavísimo.»

   81. c) Para acabar su obra, nos envía el Espíritu Santo, amor consustancial del Padre y del Hijo, que, además de derramar en nuestras almas la gracia y las virtudes infusas, especialmente la caridad, se nos dará a sí mismo, para que podamos gozar, no solamente de su presencia y de sus dones, sino aun de su misma persona: «La caridad de Dios ha sido derramada en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado: Caritas Dei diffusa est in cordibus nostris per Spiritum Sanctum qui datus est nobis» [17].
   Es, pues, la Redención la obra del amor por excelencia, de donde ya podemos deducir sus efectos.

II. Los efectos de la Redención

   82.  Además de reparar, con la satisfacción, la ofensa hecha a Dios, y de reconciliarnos con Él, merécenos Jesús todas las gracias que habíamos perdido por el pecado y otras muchas más.

   Devuélvenos primeramente los bienes sobrenaturales perdidos por el pecado: a) la gracia habitual, con su acompañamiento de virtudes infusas y de los dones del Espíritu Santo; y, para mejor acomodarse a la humana naturaleza, instituye los sacramentos, signos sensibles que nos confieren la gracia en las circunstancias más importantes de nuestra vida, y, de esta manera, nos dan mayor seguridad y confianza; b) gracias actuales muy abundantes, tanto que podemos considerarlas más abundantes que en el estado de inocencia, en virtud de las palabras de S. Pablo: «ubi autem abundavit delictum superabundavit gratia» [18].

   83.  c) Muy cierto es que el don de integridad no se nos devolvió inmediata sino progresivamente. La gracia de la regeneración nos deja aún presos en las cadenas de la triple concupiscencia y de todas las miserias de la vida, mas nos da la fuerza necesaria para vencerla; nos hace más humildes, más vigilantes y más despiertos para prevenir y vencer las tentaciones; nos confirma en la virtud, y nos da ocasión de adquirir mayores méritos, poniéndonos delante de los ojos los ejemplos de Jesús, que con tanta abnegación llevó su cruz y la nuestra, estimula nuestro ardor en la pelea y mantiene nuestra constancia en el esfuerzo; y las gracias actuales que nos ha merecido y nos concede con santa prodigalidad, favorecen singularmente nuestros esfuerzos y victorias. Según que peleamos, gobernados y sostenidos por nuestro Capitán, disminuye la concupiscencia, nuestra fuerza en el resistir crece, y llegan algunas almas privilegiadas a ser tan sólidamente confirmadas en la virtud, que, aun sin perder la libertad para pecar, no cometen falta alguna venial con propósito deliberado. La victoria completa no la alcanzaremos sino cuando vayamos al cielo; pero será tanto más gloriosa, cuanto más duros esfuerzos nos haya costado. ¿No diremos con razón: O felix culpa?

   84.  d) A estos auxilios internos añade Dios Nuestro Señor otros externos, en especial esta Iglesia visible que ha fundado y organizado para iluminar nuestro entendimiento con la luz de su autoridad doctrinal, fortificar nuestra voluntad con el poder legislativo y judicial, y santificar nuestras almas por medio de los sacramentos, los sacramentales y las indulgencias. ¿No hallamos en todo esto un auxilio poderoso, por el que debemos dar muchas gracias a Dios? O felix culpa!

   85.  e) Por último, no es enteramente cierto que el Verbo se hubiera encarnado aunque el hombre no hubiera pecado. Y es un don de tanto precio la Encarnación, que él solo bastaría para justificar y explicar el cántico de la Iglesia: O felix culpa!

   En vez de un jefe supremo, con grandes dotes, sin duda alguna, pero siempre falible y pecador de suyo, tenemos por cabeza nuestra al Hijo de Dios eterno, que, por haberse vestido de nuestra naturaleza, es tan verdadero hombre como verdadero Dios. Es el mediador ideal, mediador de religión y de redención, que presta adoración a su Padre, no solamente en nombre propio, sino también en nombre de la humanidad entera, y aún más, en nombre de los ángeles, que gozan en alabar a Dios por Él «per quem laudant angeli» [19]; es el sacerdote perfecto, que puede llegarse libremente a Dios por razón de su divina naturaleza, y volverse hacia los hombres, que son sus hermanos, a los cuales trata con indulgencia, porque está rodeado de las mismas flaquezas que ellos: «qui condolere possit iis qui ignorant et errant, quoniam et ipse circumdatus est infirmitate» [20].

   Con Él y por medio de Él podemos rendir a Dios la honra infinita a que tiene derecho; con Él y por medio de Él podemos alcanzar todas las gracias que hemos menester para nosotros y para nuestros hermanos: cuando rendimos adoración, ríndela Él en nosotros y por nosotros; cuando pedimos auxilio al cielo, apoya Él nuestras demandas, y por esta razón nos es concedido todo cuanto pedimos al Padre en su nombre.

   Debemos pues, gozarnos de tener tan excelso Redentor y medianero, y poner en Él toda nuestra confianza.

CONCLUSIÓN

   86.  El resumen histórico, que acabamos de hacer, pone maravillosamente ante los ojos de nuestra consideración la excelencia de la vida sobrenatural, tanto como la grandeza y flaqueza del que es partícipe de ella.
    1º Excelente es la vida sobrenatural, porque:
   a) Tiene su origen en un pensamiento amoroso de Dios, que desde toda la eternidad nos amó y quiso juntarnos consigo con la unión más íntima y grata: «In caritate perpetua dilexi te; ideo attraxi te miserans» [21]: «Con amor eterno te amé; por lo cual te traje a mí, apiadado de ti.»
    b) Es una participación real aunque finita, de la naturaleza y de la vida de Dios, «divinae consortes naturae» (Véase el n. 106).
   c) Estímala Dios en tan subido precio que, para dárnosla, sacrifica el Padre a su único Hijo, el Hijo se inmola enteramente, y el Espíritu Santo pone en nuestra alma su morada, para comunicárnosla.

   Es el bien más preciado de todos; «maxima et pretiosa nobis promissa donavit» [22], que debemos estimar sobre todas las cosas, guardarle y cuidar de él celosamente: tanti valet quanti Deus!

   87.  2º Mas, con todo, llevamos tan precioso tesoro en vaso frágil. Si nuestros primeros padres, aun con el don de integridad, y rodeados de tantos privilegios, tristemente le perdieron para sí y para su descendencia, ¿qué no habremos de temer nosotros, que, a pesar de nuestra regeneración, llevamos dentro la triple concupiscencia? Verdad es que hay en nosotros tendencias nobles y levantadas, que proceden de lo que hay de bueno en nuestra naturaleza, y, sobre todo, de nuestra incorporación a Cristo; pero seremos siempre débiles e inconstantes [23], si no nos apoyamos en el que es nuestro brazo derecho al mismo tiempo que nuestra cabeza; el secreto de nuestra fuerza no está en nosotros, sino en Dios y en Jesucristo. La historia de nuestros primeros padres, y de su caída, nos muestra que el mal inmenso, el único mal que hay en el mundo, es el pecado, que, por lo tanto, hemos de estar siempre vigilantes, para rechazar al punto y con toda energía los primeros ataques del enemigo, sea quien fuere, de dentro o de fuera. Por lo demás, estamos bien armados para la defensa, como diremos en el capítulo segundo acerca de la naturaleza de la vida cristiana.

---
NOTAS:

CAPÍTULO 1



1. Además de los tratados de Filosofia, Cf. CH. DE SMEDT, Notre vie surnaturelle, 1912, Introducción, pp. 1-37; J. SCHRYVERs, Les principes de la Vie spirituelle, 1922, p. 3 1.

2. A. EYMIEU, Le gouvernement de soi-meme, t. III, La loi de la vie, libro III p. 128.

3. Para este artículo, véase nuestra Synopsis Theologicae dogmaticae, t. II nn. 859-894, y los autores allí indicados, en particu ar: S. THOMAS, I, q. 93-102; P. BAINVEL, S. J., Nature et surnaturel, cap. I-IV; L'ABBÉ DE BROGLIE, Conférences sur la vie surnaturelle, t. II, pp. 3-80; L. LABAUCHE, Leçons de théol dogmatique, t. II, L'Homme, p. 1, cap. I-II.

4. S. THOM, IIa. IIae q. 163-165; de Malo, q. 4; BAINVEL, Nature et Surnaturel, cap. VI-VII, A. DE BROGUE, op. cit., pp. 133-346; L. LABAUCHE, op. Cit., Part. H, cap. I-V; AD. TANOUFREY, Syn. theol. dogm, t. H, nn. 895-950.

5. Gen., HI, 5.

6. Rom, V.

7. Sum Theol, Ia 2ae, q. 82, a. 4, ad. I.

8. Rom, VII, 19-25.

9. S. THOM., III. q. 46-49; HUGON, O. P., Le Mystere de la Rédemption; BAINVEL, op. cit., cap. VIII; J. RIVIÉRE, Le Dogme de la Rédemption, étude théologique, 1914; AD. TANQUEREY, Synopsis theol, dogm t. II, nn. 1119-1202; L. LABAUCHE Leç. de Théol, t. IIIa. P.

10. Rom., V, 20.

11. Philip., II, 8.

12. Este mérito es el de conveniencia que se llama de congruo, el cual expondremos más adelante.

13. Ephes., II, 4.

14. Joan., III, 16.

15. Rom, VIII, 32.

16. Ephes., V, 2.

17. Rom, V, 5.

18. Rom, V, 20.

19. Prefacio de la Misa.

20. Hebr., V, 2.

21. Jer., XXXI, 3.

22. 2 Petr., 1, 4.

23. Esta grandeza y esta vileza Dei hombre han sido muchas veces descritas por los filósofos cristianos, especialmente por PASCAL, Pensées, nn. 397-424, ed. Brunschvigg.




Santificação das relações de amizade - Parte III

3º DAS AMIZADES QUE SÃO POR SUA VEZ SOBRENATURAIS E SENSÍVEIS 
605. Pode ocorrer as vezes que se misturem, em nossas amizades, o natural com o sobrenatural. Desejamos realmente o bem sobrenatural do amigo, mas ao mesmo tempo desejamos gozar de sua presença, de suas palavras, e sofremos muito com sua ausência. São Francisco de Sales descreve isto muito bem (167): “Começa por amor virtuoso, se mistura depois o amor sensual, e, finalmente, o carnal; assim que no mesmo amor espiritual há risco, se não se tem precaução; apesar de que neste [tipo de amor] não é tão fácil se enganar, porque em sua pureza e brancura são mais visíveis as manchas que o demônio deseja impor; o qual, quando tenta fazê-lo, usa de maior sutileza, e procura que as impurezas fluam quase insensivelmente.”
606. Também aqui se deve vigiar o coração e empregar meios eficazes para não se embrenhar por um terreno perigoso.
a) Se o elemento sobrenatural é o que predomina, pode-se conservar e manter a amizade, mas ela deve se purificada. Para isto é essencial abster-se primeiramente de tudo quanto possa favorecer a parte sensível, de práticas frequentes e afetuosas, de familiaridades, etc.; é fundamental, algumas vezes, nos privarmos de estar com o amigo, mesmo que não haja nada de mal nele, e saber cortar uma conversa que deixe de ser proveitosa. Com isto adquirimos certo domínio sobre nossa sensibilidade, e evitamos as ocasiões perigosas.
b) Mas, se o elemento sensível predomina, seria adequado, por bastante tempo, renunciar a todo contato íntimo com aquele amigo, fora das ocasiões necessárias; e, nestas, suprimir toda frase de afeto. Desta maneira deixaremos que a sensibilidade se esfrie, esperando, para restabelecer o contato, que reine o sossego na alma. O novo trato tem, então, um outro caráter; se assim não for, deve suprimir-se para sempre.
c) Seja como for, temos de nos valer de todas esta provas para fortalecer nosso amor a Jesus, protestar que não queremos amar senão a ele e por ele, e ler continuamente os capítulos VII e VIII da Imitação de Cristo. Deste modo as tentações serão ocasiões de novos triunfos.
--
notas: 167:  Vida devota, 1. c. cap. XX.

Santificação das relações de amizade – Parte II

Judas beija N. S. JESUS CRISTO

2º DAS AMIZADES FALSAS

Delas falaremos a natureza, os danos e os remédios

600. A) Sua natureza. a) Falsas amizades são aquelas que estão fundadas sobre qualidades sensíveis ou frívolas, com o fim de gozar da presença ou das graças da pessoa amada. No fundo são uma espécie de egoísmo disfarçado porque se gosta do amigo pelo prazer que encontramos em sua companhia. Claro que estamos dispostos a servi-lo, mas sempre pensando no prazer que sentimos em estarmos mais próximos dele.

b) São Francisco de Sales distingue três classes de amizades: as carnais, cujo fim é o prazer voluptuoso; as sensuais, que gostam principalmente das qualidades exteriores sensíveis, “como o prazer de ver o belo, de ouvir uma voz agradável, de tocar e outras coisas semelhantes” [1]; e as frívolas, fundadas em certas habilidades e graças vãs que os espíritos débeis têm por virtudes e perfeições, como o dançar bem, jogar bem todos os jogos, vestir bem, cantar bem, ser gracioso e de boa presença.

601. c) Estas amizades começam geralmente com a idade da puberdade; nascem da necessidade instintiva que sentimos de amar e de ser amados. Muitas vezes é certo desvio do amor sexual: fora das comunidades, estas amizades nascem entre garotos e garotas, e, quando avançam muito, chamam-se “namoros” [2]. Nas comunidades enclausuradas se dão entre pessoas do mesmo sexo, e se chamam amizades particulares. Duram às vezes até idades muito avançadas, assim homens feitos sentem afeição sensível por jovenzinhos de presença jovem e atrativa, de caráter franco, de modos refinados.

602. d) Os sinais característicos pelos quais se conhecem as amizades sensíveis se deduzem de sua origem, seu desenvolvimento e seus efeitos.

1) No que toca a sua origem, começam repentina e fortemente, porque nascem de uma simpatia natural instintiva; fundam-se em dotes exteriores e brilhantes, ou que, pelo menos, assim o parecem; muitas vezes estão acompanhadas de emoções fortes e apaixonadas.

2) Em seu desenvolvimento vivem de conversas às vezes sem importância, mas afetuosas, às vezes muito íntimas e perigosas; de olhares frequentes, que, em algumas comunidades, valem por conversas particulares; de carícias, de apertões de mãos, fortes e expressivos, etc.

3) Quanto a seus efeitos, são assíduas, interessantes e exclusivas; pensa-se que serão eternas; mas uma separação, que seja acompanhada de outras aflições, põe a elas um término por demais brusco.

603. B) Os perigos destas classes de amizades saltam à vista.

a) São um dos maiores obstáculos para o progresso espiritual. Deus, que não quer corações pelas metades, começa por inspirar reprovações interiores, e, se não lhes damos ouvidos, se distancia um pouco da alma, a priva de sua luz e de seus consolos interiores. À medida que as aflições crescem, se perde o recolhimento interior, a paz da alma, o gosto dos exercícios espirituais e do trabalho. B) Daqui vêm as perdas consideráveis de tempo. O pensamento se vai com grande freqüência atrás do amigo ausente, e é um estorvo para dirigir o espírito e o coração às coisas sérias e à piedade. C) O final de tudo isto é desgostar-se e desanimar-se, coloca-se a sensibilidade sobre a vontade, que acaba por ser frouxa e lânguida. D) Então se apresentam os perigos para a pureza. Bem quiseram os tais amigos manter-se dentro dos limites da decência; mas pensam que a amizade dá certos direitos, e se permitem familiaridades cada vez mais suspeitas. A queda é muito rápida, e quem se expõe ao perigo, acaba por perecer nele.

604. C) O remédio é combater essas falsas amizades desde o começo, fortemente e com meios positivos.
a) Desde o começo: então é mais fácil, por não se ter ainda afeiçoado o coração profundamente; com alguns esforços enérgicos sairemos dela, sobretudo se temos coragem para contar tudo ao confessor, e acusar-nos das mais ínfimas faltas. Se deixamos passar tempo, será muito mais trabalhoso deixar a amizade [3].

b) Mas, para sair bem, é fundamental aplicar medidas radicais: “Corta, divide, rompe; não te detenhas a descosturar estas loucas amizades, rasga-as; não te desates das ataduras, rompe-as ou corta-as” [4]. Assim, pois, não somente temos de evitar ir em busca do que assim amamos, mas ainda de pensar voluntariamente nele; e, se não pudermos evitar o encontrar-nos com ele, lhe trataremos com urbanidade e caridade, mas sem dar-lhe confiança alguma nem mostrar especiais de afeto.

c) Para melhor consegui-lo, empregam-se meios positivos; procure-se ocupar toda a atividade da alma no cumprimento dos deveres do próprio estado; e, quando, apesar de tudo, se vier ao pensamento a lembrança do amado, nos valeremos dela para fazemos um ato de amor a Deus, dizendo desta maneira ou semelhante: “A ti somente, Ó Jesus, quero amar; unus est dilectus meus, unus est sponsus meus in aeternum.” Assim nos valeremos de toda a tentação mesma para amar mais ao único que merece por inteiro nosso amor.
---

1.Op. cit., c. 17.
2.S. Fr. de Sales, 1. c., cap. 18.
3.Éste es el aviso de Ovidio, en De remediis amoris: 
«Principiis obsta, sero medicina paratur
Cum mala per longas invaluere moras.»
4.Vida devota, c. XXI.

Santificação das relações de amizade – Parte I


A amizade pode ser um meio de santificação, ou um forte obstáculo para a perfeição, segundo sua natureza sobrenatural, ou natural e sensível. Falaremos, pois: 1º das amizades verdadeiras; 2º das falsas; 3º das amizades nas quais se mescla o sobrenatural com o sensível.

1º DAS VERDADEIRAS AMIZADES

Delas falaremos sobre sua natureza e suas vantagens.

595. A) Natureza. a) Por ser a amizade uma mútua comunicação entre duas pessoas, especifica-se de acordo com a diversidade de comunicações e dos bens que se comunicam. São Francisco de Sales explica muito bem [1]: “Quando mais excelentes sejam as que entrem nesta comunicação, mais perfeita será sua amizade Será certamente muito louvável se comunicas acerca das ciências; muito mais se comunicas acerca das virtudes, prudência, temperança, fortaleza e justiça; mas se esta mútua e recíproca comunicação foi sobre a caridade, devoção e perfeição cristã, Ó Bom Deus, que amizade tão preciosa! Será excelente porque vem de Deus, excelente porque vai a Deus, excelente porque seu vínculo é Deus, excelente porque durará para sempre em Deus. Que bom é amar na terra como se ama no céu, e aprender a amar mutuamente neste mundo como amaremos eternamente no outro!”

A amizade verdadeira em geral é, pois, um comércio íntimo entre duas almas para se fazerem bem mutuamente. Pode não passar de simplesmente decente, se os bens que os amigos se comunicam são de ordem natural. Mas a amizade sobrenatural é de uma ordem muito superior. É um comércio íntimo entre duas almas que se amam em Deus e por Deus, com propósito de se ajudarem reciprocamente a tornar mais perfeita a vida divina que possuem. A glória divina é seu fim último, e o adiantamento espiritual seu fim imediato, e Jesus o laço de união entre os dois amigos. A esse respeito, o Beato Etelredo pensava: “Ecce ego et tu et spero quod tertius inter nos Christus sit”, que Lacordaire traduzia desta maneira: “Não posso amar ninguém sem que minha alma se vá para trás do coração e Jesus esteja no meio de nós” [2].

596. b) Desta maneira a amizade, longe de ser apaixonada, absorvente e exclusiva como a amizade sensível, se 'distingue pela quietude, recato e mútua confiança. É um afeto comedido, moderado, precisamente porque se funda no amor de Deus, e participa desta virtude; por essa mesma razão é um afeto constante, que cresce de contínuo, ao contrário do amor apaixonado, que tende a fraquejar. Vai junta com um prudente recato: em vez de andar detrás das familiaridades e carícias, está sempre cheia de respeito e de recato, porque não deseja a não ser as comunicações espirituais. Este recato não impede a confiança; porque os amigos desta classe se estimam bem mutuamente, e não vêem no outro a não ser um reflexo das divinas perfeições; têm no amigo grande confiança, que sempre é recíproca; o qual traz consigo íntimas comunicações, porque um não deseja a não ser comunicar os dotes sobrenaturais do outro. Comunicam-se, pois, os amigos seus pensamentos, propósitos e desejos de perfeição. E, porque mutuamente querem fazer-se perfeitos, não têm receio algum em avisá-los das faltas, e em ajudarem-se reciprocamente de às corrigir. A mútua confiança, que tem o um no outro, impede que a amizade seja inquieta, absorvente e exclusiva; não levemos a mal que nosso amigo tenha outros amigos; antes, nos alegremos disso para o seu bem e pelo do próximo.

597. B) É evidente que uma tal amizade apresenta grandes vantagens. a) A Escritura a louva com freqüência: “O amigo fiel é uma defesa poderosa: quem o encontra, encontrou um tesouro... bálsamo de vida e de imortalidade é um fiel amigo: Amicus fidelis protectio fortis; qui autem invenit illum invenit thesaurum... Amicus fidelis, medicamentum viae et immortalitatis” [3]. Nosso Senhor nos deu o exemplo na amizade que teve com São João: este era conhecido como o discípulo “a quem Jesus amava, quem diligebat Jesus” [4]. São Paulo teve amigos, aos quais queria intensamente, sofre com sua ausência, e não tem mais doce consolo que voltar a estar com eles; assim se mostra desconsolado porque não encontrou Tito quando o esperava, “eo quod non invenerim Titum fratrem meum” [5] regozija-se quando o encontra: “Consolatus est nos Deus in adventu Titi... magis gavisi sumus super gaudio Titi” [6]. Pode-se perceber também o afeto que sentia por Timóteo, e quanto lhe consolava sua presença e lhe ajudava para o bem dos demais; por isso, lhe chama seu coadjutor, seu filho, seu querido filho, seu irmão: “Timotheus adjutor meus... filius meus... Timotheus frater.. Timotheo dilecto filio” [7].

A antiguidade cristã nos oferece também claros exemplos do mesmo gênero: uma das mais célebres amizades foi a de São Basílio e São Gregório Nazianzeno [8].

598. b) Destes exemplos se deduzem três razões que nos demonstram quão proveitosa é a amizade cristã, especialmente para o sacerdote dedicado ao ministério.

1) Um amigo é a defesa da própria virtude, protectio fortis. Temos necessidade de manifesta o mais fundo de nosso coração a um confidente íntimo; às vezes o diretor espiritual supre esta necessidade, mas nem sempre: sua amizade paternal é de outra classe que a amizade fraternal que desejamos. Necessitamos de um igual, com que possamos falar com ampla liberdade. Se não o tivéssemos, correríamos perigo de confiar segredos delicados a pessoas que não merecem nossa confiança, e as confidências que lhes fizermos, muitas vezes causariam problemas a eles e a nós.

2) É também um conselheiro íntimo, a cujo parece submetemos com prazer nossas dúvidas e dificuldades, e que nos ajuda a resolvê-las; um supervisor prudente e carinhoso que, vendo como nos portamos, e sabendo o que as pessoas dizem de nós, nos dirá a verdade, e impedirá que cometamos muitas imprudências.

3) É, por último, um consolador, que escutará com carinho o relato de nossas dores, e encontrará em seu coração as frases adequadas para suavizá-los e confortar-nos.

599. Já foi questionado sobre se convém fomentar essas amizades no seio das comunidades: se poderia temer que fossem um dano para o afeto que deve unir a todos os membros, e que seriam origem de invejas. Claro que se deve velar para que as tais amizades não prejudiquem a união comum, e sejam, não apenas sobrenaturais, mas contidas também dentro dos justos limites indicados pelos superiores. Mas, com estes requisitos, têm também suas vantagens, porque também os religiosos precisam de um conselheiro, de um consolador e de um supervisor que, ao mesmo tempo, seja um amigo. De todas as formas, nas comunidades, mais ainda que em outra parte, se deve fugir com muito cuidado de tudo o que parecer falsa amizade.
---

1.Vida devota, P. IH, c. 19.
2.P. CHOCARNE, Vie de Lacordaire, t. II, c. XV.
3.Eccli, VI, 14-16.
4.S Joan., XIII, 23.
5.II Cor., XII, 13.
6.II Cor., VII, 6, 13.
7.Rom, XVI, 2 1; 1 Cor., IV, 17; II Cor., I, 1; I Tim., 1. 2.
8.S. FRANCISCO DE SALES, 1. cit., c. 19, trae otros muchos.